Estados Unidos asegura haber capturado a Nicolás Maduro tras una operación militar. El gobierno venezolano lo niega, llama al pueblo a la calle y Delcy Rodríguez queda al frente en medio de un vacío de poder

La política venezolana cruzó este sábado una frontera inédita. Estados Unidos aseguró que fuerzas especiales capturaron a Nicolás Maduro y a su esposa, Cilia Flores, tras una operación militar de gran escala en Caracas y otros puntos estratégicos del país. Según Washington, ambos fueron sacados de Venezuela y serán juzgados por cargos de narcoterrorismo.
Pero en Caracas el libreto es otro. La vicepresidenta Delcy Rodríguez afirmó que el gobierno desconoce el paradero de Maduro y exigió una prueba de vida inmediata. Al mismo tiempo, el oficialismo llamó al pueblo a salir a las calles en defensa de la soberanía nacional, una jugada que eleva la crisis del plano institucional al terreno emocional y de masas.
Mientras se escuchaban explosiones y se registraban vuelos rasantes en la capital, el chavismo activó su mecanismo más clásico: calle, épica y enemigo externo. El mensaje es claro: aunque Maduro no aparezca, el poder no se entrega sin pelea.
En los hechos, Delcy Rodríguez queda al frente del Ejecutivo, pero su autoridad real no depende de un decreto sino de dos factores brutales: el respaldo de las Fuerzas Armadas y la capacidad del gobierno de mantener a la gente movilizada. El ministro de Defensa, Vladimir Padrino López, es ahora la figura bisagra. Si él sostiene la cadena de mando, el chavismo puede sobrevivir incluso sin Maduro. Si duda, el sistema completo entra en fase de colapso.
Lo que está ocurriendo no es solo una captura —si es que se confirma—, es una guerra de narrativas:Washington vende una caída histórica.Caracas responde con épica de resistencia.Y la población queda atrapada entre dos verdades que se excluyen.
Venezuela no enfrenta una transición: enfrenta un vacío de poder con gente en la calle, militares en tensión y un liderazgo ausente. Ese cóctel no produce democracia ni estabilidad. Produce algo mucho más peligroso: un país a la deriva, gobernado por consignas mientras se decide quién manda de verdad.
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