La El abandono funcional digital y la falta de referentes claros dejan a los niños sin herramientas para regular emociones. Padres, ¿somos la ancla que necesitan o el ruido que los hunde?

Hoy vemos un fenómeno inquietante: muchos padres ejercen una presencia ausente. Están físicamente cerca de sus hijos, pero su atención está en otra parte. Se ha invertido la lógica: se permite lo que los daña —acceso ilimitado a pantallas— y se reprende lo que es natural —movimiento, atención y desahogo emocional. El resultado es evidente: niños con “todo”, pero emocionalmente perdidos, creciendo en un vacío que nadie enseña a llenar.
El acceso digital sin filtros no es un simple pasatiempo; es un secuestrador del desarrollo. La velocidad de los estímulos de las pantallas supera lo que la vida real puede ofrecer. Sin un adulto que actúe como “traductor”, los niños consumen violencia, hipersexualización y valores distorsionados, aprendiendo a reaccionar a impulsos, no a vivir plenamente.
La incoherencia de los padres agrava la situación. Se pide desconexión mientras se mantiene el móvil en la mano; se exige respeto a gritos. La autorregulación no se descarga ni se enseña con palabras; se copia de un modelo coherente. Cuando el origen emite caos, el niño no puede ejecutar orden ni calma.
Lo que se ve como “mala conducta” es, en realidad, un grito de auxilio sistémico. Un límite firme no es represión; es amor y protección. Recuperar la sintonía requiere valentía: ser lentos en un mundo rápido, filtrar lo que entra en la mente del niño y volver a ser el ancla que necesitan para no naufragar.
Si el mundo se aceleró, nuestra obligación es ser el freno. Un niño que no logra regular emociones no está roto; simplemente no tiene a quién imitar para aprender a calmarse. Apagar el ruido, mirar a los ojos y ofrecer consistencia es el primer paso para enseñarles a navegar sin naufragar. La educación emocional empieza con nosotros: somos la brújula, no el temporizador digital que los deja a la deriva.
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