Gabriela Cantatore comenzó su recorrido teatral mientras todavía ejercía la docencia y, años después, convirtió esa vocación por enseñar en un espacio donde adolescentes y adultos mayores comparten ensayos, personajes y escenario. Este sábado 31 de octubre y el viernes 6 de noviembre, Teatro para encontrarse presenta Gris de ausencia, de Roberto “Tito” Cossa, y No estoy sola, de Alberto Borla, dos obras que marcan un nuevo desafío para el grupo y para su directora.
Hay historias que una empieza a buscar y otras que aparecen cuando alguien te propone mirar un poco más cerca. Habitualmente escribo para Comunicar Noticias LATAM y Argentina, pero Rosario todavía no era un territorio que me hubieran propuesto explorar periodísticamente. Cuando apareció la pregunta —“¿te animás a escribir para Rosario?”— me gustó enseguida la idea. Soy rosarina y, aunque buena parte de mi trabajo suele mirar hacia otros lugares, había algo especial en empezar a detenerme también en las historias que suceden acá, en las personas que construyen cosas cerca nuestro y que muchas veces no conocemos tanto como creemos.
La primera de esas historias me llevó a Villa Gobernador Gálvez y a Gabriela Cantatore, directora de Teatro para encontrarse. Yo llegué pensando que iba a hablar principalmente de dos obras que están a punto de subir a escena, Gris de ausencia, de Roberto “Tito” Cossa, y No estoy sola, de Alberto Borla, pero la conversación se fue abriendo hacia otros lugares. Terminamos hablando de docencia, de emociones, de generaciones distintas compartiendo escenario, de lo que significa construir un personaje y de esa relación difícil de explicar que se produce cuando un actor logra encontrarse con quien está mirando. Y ahí apareció algo que terminó interesándome más que cualquier ficha técnica: detrás de las obras había una manera muy particular de entender el teatro. No como un lugar donde alguien simplemente aprende un texto y lo repite, sino como un espacio de encuentro, aprendizaje y confianza. Quizás por eso el nombre del grupo no sea casual. Para entenderlo hay que volver algunos años atrás, cuando todo empezó con una docente, un taller y unas ganas enormes de seguir enseñando, aunque el aula ya no fuera exactamente la misma.
De la docencia al escenario
El teatro apareció en su vida mientras todavía estaba plenamente dedicada a la docencia. Siempre había tenido una personalidad histriónica y en la escuela era de esas personas a las que terminaban llamando cuando había que animar un acto, participar con los chicos, trabajar con los padres o darle movimiento a alguna actividad. En 2010 empezó a formarse en talleres teatrales y esa experiencia fue creciendo poco a poco, sin que todavía existiera detrás un proyecto de dirección ni un grupo propio. Diez años más tarde, en plena pandemia, apareció una oportunidad inesperada: fue convocada para reemplazar a una actriz considerada de riesgo en la miniserie rosarina Las polacas, donde participó en dos de los seis episodios y tuvo que afrontar un desafío bastante particular, aprender parte del texto en polaco. La producción fue emitida por la televisión pública nacional y santafesina, y aquella participación hizo que su nombre empezara a circular también en Villa Gobernador Gálvez.

A partir de allí llegó una propuesta desde Rotary: coordinar talleres de teatro para adultos. Aceptó y, casi sin darse cuenta, empezó a unir dos partes de su vida que hasta entonces habían transitado caminos paralelos. Estaba jubilándose de la docencia formal, pero seguía teniendo las mismas ganas de enseñar, observar procesos, acompañar a otras personas y ayudarlas a descubrir algo nuevo. El teatro terminó convirtiéndose en otra forma de hacer aquello que siempre había sentido como una vocación.
Cinco personas, una pandemia y un lugar para encontrarse
El taller comenzó en 2021, cuando la pandemia todavía condicionaba la forma en que las personas podían reunirse. Se trabajaba en pequeñas burbujas y aquel primer grupo estaba formado por apenas cinco integrantes. Eran adultos que llegaban no solamente con ganas de hacer teatro, sino también con una necesidad que en ese momento había adquirido otro significado: volver a encontrarse, compartir un espacio y trabajar con otros después de meses en los que tantas cosas habían quedado suspendidas.
De ese contexto nació Teatro para encontrarse, un nombre que terminó definiendo mucho más que un taller. La propuesta incluía expresión corporal, vocalización, memoria emotiva, análisis de obras y películas, además de un acercamiento a distintos autores y corrientes teatrales. La puesta en escena era el resultado final de todo ese proceso, no el punto de partida. Antes de subir al escenario había que aprender a observar, escuchar, moverse, reconocer emociones y entender que detrás de cada personaje existe una construcción que necesita tiempo.
El primer año cerró con Venecia. Cinco actores para una obra de cinco personajes, una coincidencia casi perfecta para aquel comienzo pequeño. La experiencia recibió un reconocimiento de interés cultural de la Municipalidad de Villa Gobernador Gálvez y, a partir de allí, el proyecto continuó creciendo. Cada año llegó una nueva obra y también comenzaron las presentaciones fuera de la ciudad, con funciones en Alvear, Pueblo Esther y Rosario. Lo que había empezado en plena pandemia como un grupo reducido fue tomando otra dimensión, aunque hay algo de aquel origen que todavía permanece: el encuentro sigue estando antes que el espectáculo. La obra es importante, claro, pero el camino para llegar hasta ella parece serlo tanto como la función misma.

Cuando las generaciones dejan de mirarse desde lejos
Con los años ocurrió además algo que no estaba necesariamente previsto al comienzo: el taller dejó de ser exclusivamente para adultos. Hoy conviven allí personas que podrían pertenecer a generaciones completamente diferentes, desde una adolescente de unos 15 o 16 años hasta una actriz cercana a los 80. Esa distancia de edades podría convertirse fácilmente en una barrera, pero dentro del grupo parece funcionar al revés. Cada uno llega con una forma diferente de mirar el mundo, con experiencias que el otro todavía no vivió o que quizás vivió de una manera completamente distinta. El más joven puede aprender del mayor, pero el aprendizaje también circula en sentido contrario, porque la edad no convierte automáticamente a nadie en dueño de todas las respuestas.
Mientras escuchaba esta parte de la historia pensé en algo bastante simple: normalmente organizamos la vida por edades. La escuela, los grupos de amigos, buena parte de nuestras actividades y hasta los espacios de ocio suelen reunirnos con personas que están atravesando etapas parecidas a la nuestra. En un escenario esa lógica puede romperse. Alguien que recién empieza a descubrir ciertas cosas puede compartir una escena con otra persona que lleva ochenta años acumulando recuerdos, pérdidas, alegrías y experiencias, y por un momento ambos tienen exactamente la misma responsabilidad: escuchar al compañero y sostener juntos la historia que están contando.
Ahí el nombre Teatro para encontrarse vuelve a cobrar sentido. Encontrarse no parece significar solamente reunirse en un salón para ensayar, sino aprender a mirar a alguien que llega desde otro lugar, respetar sus tiempos, aceptar sus diferencias y construir algo en común. La escena termina siendo casi una excusa para que ocurra todo lo demás. Y quizás por eso, cuando nuestra conversación pasó de las edades a la manera en que se construyen los personajes, apareció una idea que atraviesa buena parte de la mirada de su directora sobre el teatro: dirigir no es imponer, es orientar.
Una directora que también sigue mirando y aprendiendo
A medida que avanzábamos empecé a notar otra cosa: sus referencias entran y salen del teatro, del cine, de los autores, de los actores y de todo aquello que fue observando durante años. Cuando necesita explicar una idea no suele quedarse solamente en la teoría; busca una escena, un intérprete o una historia que le permita volverla más concreta. En un momento aparecieron Ricardo Darín y Norma Aleandro, a partir de El hijo de la novia, como ejemplo de lo que puede suceder cuando un actor se encuentra con alguien de enorme experiencia y se permite aprender de ese intercambio.
No fue la única referencia. Durante la charla fueron apareciendo Roberto “Tito” Cossa, Alberto Borla y también Jorge Dubatti, investigador y crítico teatral cuya idea de que “el teatro es lo que acontece” parece acompañar bastante bien esta manera de pensar el escenario. Escuchándola se percibe que detrás de cada puesta hay mucho más que la elección intuitiva de un texto: hay lectura, observación, memoria de otras obras y, sobre todo, una curiosidad que sigue activa después de varios años de trabajo.
Tal vez por eso tampoco piensa a sus actores como piezas que tiene que acomodar dentro de una idea previamente cerrada. Puede llegar al ensayo con una puesta imaginada, saber qué quiere destacar y haber estudiado el contexto del autor, pero después aparece algo que resulta indispensable: darle al actor un margen para descubrir. Dirigir, en este caso, es orientar, corregir cuando hace falta, marcar una intención, señalar una palabra o un gesto que necesita otro sentido, pero sin borrar aquello que cada persona puede aportar. Incluso cuando el texto ya existe y tiene una estructura definida, el personaje todavía no está completamente terminado: falta alguien que lo habite.
Lo que no se ve también construye al personaje
Ahí nuestra charla entró en uno de esos lugares que inicialmente yo no había pensado explorar tanto y que terminaron fascinándome. Porque si un personaje ya está escrito, tiene nombre, historia y palabras propias, ¿qué queda por construir? Bastante, según fui descubriendo.
Antes de empezar a trabajarlo hay una investigación sobre la obra, el momento histórico en el que fue escrita, el lenguaje del autor y las razones que pueden esconderse detrás de cada comportamiento. Después comienza un proceso más íntimo: buscar un cuerpo, una voz, determinados gestos y una manera particular de estar en escena. El vestuario ayuda, la expresión ayuda, el movimiento también, pero existe otra parte que el público quizás nunca llegue a reconocer conscientemente.

Durante la charla apareció entonces la idea de las “máscaras ocultas”, todo aquello que sostiene al personaje desde adentro aunque no figure de manera evidente en el texto: qué pudo haber vivido, qué teme, qué desea, qué recuerda, por qué reacciona de determinada manera. El actor necesita conocer ese mundo para que lo que se ve afuera tenga alguna raíz. En un momento lo resumió con una imagen muy simple: “hay que darle alma a esa máscara”, y esa frase me hizo entender mejor por qué la emoción ocupa un lugar tan importante. Un actor puede aprender perfectamente cada palabra, recordar cada movimiento y llegar a tiempo a cada marca, pero si lo que hace no le produce nada, difícilmente consiga que del otro lado ocurra algo distinto.
“Si el actor no se emociona, no va a lograr emocionar al público”. Tal vez ahí esté una de las claves de todo lo que veníamos hablando. Hay una frontera a partir de la cual ya no alcanza con estudiar, planificar y dirigir. En algún momento el actor tiene que apropiarse del personaje, prestarle algo de sí mismo y confiar en que esa emoción atravesará el escenario. Y cuando eso sucede aparece el otro protagonista que todavía nos faltaba en esta historia: el público.
Cuando el público también entra en escena
Hasta ese momento habíamos hablado mucho de quienes están arriba del escenario, pero faltaba la otra mitad de la experiencia. Una obra puede ensayarse durante meses, tener cada movimiento previsto y cada palabra trabajada, pero cuando se abre la sala aparece algo imposible de controlar por completo: las personas que están sentadas enfrente. Ahí vuelve aquella idea que Gabi toma de Jorge Dubatti y que durante nuestra charla fue cobrando cada vez más sentido: “el teatro es lo que acontece”. Acontece esa noche, con esos actores, ese público y todo lo que pueda surgir entre unos y otros.
Una risa en un lugar inesperado, un silencio más largo de lo habitual, un aplauso o simplemente la sensación de que alguien se emocionó modifican de alguna manera lo que está ocurriendo. No cambian necesariamente el texto, pero sí la energía de la función. Cuando actor y espectador consiguen entrar en una misma frecuencia aparece algo que no se puede fabricar del todo durante un ensayo y que probablemente explique buena parte de esa insistencia en que la emoción tiene que ser verdadera.
Hay otra imagen que me quedó especialmente grabada: “el personaje nace y muere en cada presentación”. Puede representarse una misma obra diez veces, pero habrá diez funciones diferentes, porque ninguna noche encuentra exactamente a las mismas personas ni a los mismos actores en el mismo estado. El sábado esos personajes van a existir durante un rato frente a un público y después desaparecerán; el viernes siguiente volverán a nacer, quizá casi iguales y, al mismo tiempo, inevitablemente distintos. Me pareció una forma preciosa de explicar algo que a veces olvidamos cuando vemos teatro: aquello que está sucediendo delante nuestro no podrá repetirse exactamente de la misma manera.
Dos obras, dos mundos y un nuevo desafío
Tal vez por eso también había cierta curiosidad alrededor de las obras elegidas este año. En temporadas anteriores el grupo había transitado mucho la comedia, la sátira y el humor ácido. El año pasado, por ejemplo, trabajaron con No tan locos, una adaptación de Toc Toc en la que llegaron a tener nueve actores prácticamente durante toda la obra sobre el escenario, incluso incorporando personajes para que más integrantes pudieran formar parte de la puesta.
Esta vez la búsqueda fue hacia otros lugares. Gris de ausencia, de Roberto “Tito” Cossa, entra en el universo del grotesco criollo y pone en juego temas como el desarraigo, la inmigración, la identidad, la memoria y esa sensación extraña de pertenecer a un lugar que quizás ya no existe del modo en que uno lo recuerda. El lenguaje también forma parte de ese mundo, con mezclas idiomáticas y ese cocoliche que lleva consigo la historia de tantas familias atravesadas por viajes, raíces y despedidas.
No quiero contar demasiado porque en algo sí hubo una advertencia bastante clara: hay cosas que conviene descubrir sentado frente al escenario. Pero sí me interesó la manera en que ese texto puede relacionarse con el presente. El desarraigo no pertenece únicamente a una generación lejana; todavía hay personas que dejan su país, su ciudad o su familia buscando otra oportunidad y, aunque cambien las razones y los destinos, algunas preguntas siguen siendo sorprendentemente parecidas.


No estoy sola, de Alberto Borla, camina por otro registro. Hay situaciones cotidianas, humor, emociones y una mirada sobre los adultos mayores, sobre los vínculos y sobre lo que sucede cuando una etapa de la vida parece cerrarse y hay que aprender a habitar otra. Por lo que pude descubrir sin pedir que me revelaran demasiado, busca emocionar sin quedarse en la tristeza y dejar una sensación de esperanza. También invita a mirar a quienes envejecen no desde la distancia, sino como personas que todavía tienen deseos, afectos, decisiones y mucho que aportar.
Son dos universos diferentes, pero después de escuchar todo lo que había detrás de ambas propuestas encontré algo que las une: las dos obligan a mirar al otro. A quien dejó su tierra, a quien carga recuerdos, a quien envejece, a quien se siente solo, a quien necesita ser escuchado. Quizás por eso funcionan tan bien dentro de un proyecto que justamente eligió llamarse Teatro para encontrarse.
Esta temporada tiene además una particularidad: en seis años de trabajo es la primera vez que el grupo presenta dos obras breves en una misma noche, con un pequeño intervalo entre ambas y una duración total aproximada de una hora y media. Dos historias distintas, dos elencos y dos posibilidades de entrar por un rato en mundos que, en principio, no parecen tener demasiado que ver entre sí.
Una noche de teatro que también ayuda
La propuesta tendrá dos funciones: sábado 31 de octubre y viernes 6 de noviembre, a las 20:30, en el Colegio Teodelina, ubicado en Bv. San Diego 1054, Villa Gobernador Gálvez. Las entradas anticipadas tienen un valor de 12.000 pesos y pueden conseguirse en Farmacia Aguirre, tambien Farmacia Jeremías y en Fotografías Orlando Tardini; en puerta costarán 15.000 pesos.
Hay, además, otro dato que terminó dándole a esta noche un significado especial. El Rotary Club de Villa Gobernador Gálvez, que desde aquellos primeros talleres abrió sus puertas al proyecto, acompaña también esta presentación y lo recaudado tendrá un destino solidario: colaborar con la compra de un ecógrafo que necesita el Hospital Gamen de la ciudad.
Me gustó descubrirlo casi al final de nuestra conversación porque, de alguna manera, vuelve a aparecer la misma idea que atravesó toda la historia. Un grupo que nació para encontrarse termina utilizando aquello que construyó para ayudar también a otros. El escenario deja de ser solamente el lugar donde sucede una obra y pasa a convertirse en una pequeña parte de algo más grande.
Cuando empecé esta entrevista creía que iba a escribir principalmente sobre dos funciones de teatro. Después aparecieron una docente que encontró otra manera de seguir enseñando, cinco personas reuniéndose en plena pandemia, adolescentes trabajando junto a adultos mayores, actores intentando darle alma a una máscara y una directora convencida de que el teatro solamente termina de existir cuando alguien del otro lado recibe lo que está ocurriendo.
Y en el medio apareció otra frase de Gabi que quizás sea una buena manera de cerrar esta historia. Hablábamos del tiempo, de las sociedades, de las situaciones que cambian y de todo aquello que inevitablemente pasa. Entonces dijo algo muy sencillo: “quedan los artistas”.
Tal vez sea eso. Las funciones terminan, los personajes nacen y mueren cada noche y hasta los escenarios cambian, pero algo queda en quien estuvo allí, en quien actuó, en quien miró y en quien se reconoció durante unos minutos en la historia de otro. Después de todo, “quizás de eso se trate encontrarse”.
Por: María Isis – Periodista Digital
Instagram: @mariaisisperiodista


